Ayer estaba
demasiado cansada como para ponerme a pensar sobre una conversación que había
tenido con uno de los profesores en los que más confío, pero hoy con la lucidez
que te da la adrenalina de la mañana, del “venga que te espera todo el día por
delante”, mi mente se ha puesto a darle vueltas a algo que lleva inquietándome
mucho tiempo: el terrible e inequívoco hecho de que nos enseñan a vivir
callados.
Cuando queremos
alzar la voz para decir lo que no es justo, para denunciar lo que debe ser
denunciado, lo que ocurre cuando suceden acontecimientos que no deberían
ocurrir, te dicen “ssshhh es mejor mantener las formas, que te juegas mucho”.
De esta forma te hacen pensar que no decir nada es legítimo porque puedes
acabar diciéndole algo a alguien que, aun teniendo razón en tu reclamación, te
hunda de cara al futuro.




